El cuarto poder (público) de la democracia: una última y no tan desesperada tabla de salvación para el periodismo en tiempos de cambio tecnológico (I)  

Parte I

La crisis del periodismo en esta era de cambio tecnológico es menos de calidad que de sostenibilidad. De hecho, decir sostenibilidad ya parece sintomático de un problema: la idea de que el periodismo puede no funcionar como negocio —como sucede con la cultura o la educación— porque si no no se puede hacer o porque, sí, es muy importante y las sociedades lo necesitan pero no tanto como para que alguien deba pagar por él: Jimena dice, por ejemplo, que La Silla Vacía nunca cobrará por sus contenidos, que eso sería una traición; mejor dicho, nos basta con que el periodismo sea sostenible, no necesariamente rentable. Pero lo cierto es que cosas buenas se hacen ya, así no dejen dinero (otra vez: La Silla Vacía) ni sea tan claro que perdurarán, pero cosas sostenibles —rentables—, y además buenas, esas sí que escasean (The New Yorker sería el contraejemplo).

Si el periodismo de calidad es inversamente proporcional al periodismo rentable, y las excepciones son justo eso: honrosas excepciones, ¿no convendría explorar otro modelo de financiación, uno que incluso descarte la idea de negocio y privilegie la de interés público, como sucede con la cultura o la educación, es decir, periodismo financiado o fuertemente subsidiado por el Estado, periodismo público, periódicos y radio y televisión públicos, con las ventajas de los buenos medios de comunicación estatales (calidad) en el mundo, incluido alguno nuestro, y sin el apremio de la rentabilidad, aunque con el riesgo de la falta de independencia que denuncia Moisés Naím en el reportaje sobre los canales soberanos de Venezuela, Arabia Saudita, Rusia y China?

Como punto de partida para proponer estrategias de sostenibilidad del periodismo en medio del cambio tecnológico (a las que me temo llegará con dificultad esta entrada), quiero discutir de momento la tesis fuerte de que el periodismo financiado por el Estado necesariamente pierde independencia, que se desnaturaliza porque ya no puede ser contrapoder estando dentro del poder. La reportera de El efecto Naím argumenta que los canales públicos de países antidemocráticos, por ser financiados estatalmente, hacen un periodismo de buena calidad técnica, pero no independiente. Ahora bien, ¿no tienen también las iniciativas periodísticas privadas esos “problemas de independencia”, con o sin cambio tecnológico, en buena medida porque necesitan ser rentables (de modo que los incentivos perversos son irresistibles…) y para eso a veces hacen concesiones a favor de la marca y en contra del proyecto periodístico?

Planteo tres casos que contradicen la idea de que la falta de independencia es un problema propio de los medios de comunicación públicos, a partir de los ejemplos y los criterios que El efecto Naím usa para sustentar su crítica a los canales soberanos: el periodismo patriótico, la censura —y la autocensura—, y la falta de transparencia periodística de los países con “dudosas credenciales democráticas”.

(Esperen mañana los tres casos, las tres estrategias caseras y el cierre de esta entrada que pretende salvar al periodismo mundial de su crisis económica y moral. ¿Lo salvará?).

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s