Las nuevas maneras de estar juntos (también) vienen en píldoras  

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Internet ha cambiado nuestras “maneras de estar juntos”, dijo Jesús Martín Barbero. Y dijo, aunque aquí cito de memoria —porque mis notas de ese día se perdieron—, que esta nueva manera de estar juntos no la han entendido ni los gurús, ni los padres que viven escandalizados y preocupados por las muchas horas, demasiadas dicen, que los jóvenes pasan ahora en solitario frente a las pantallas. También dijo Barbero que nadie ha entendido nada, porque justo eso es la adolescencia: un rompimiento con la familia, con la sociedad, con uno mismo: con el niño que uno está dejando de ser, un salto al vacío desde la infancia hacia el abismo de la adultez.

Para Barbero, esos adolescentes (ya) no están “solos” como los demás creen, porque, justamente, están juntos de otra manera. Y también están solos de otra manera: Alberto Fuguet, el escritor chileno responsable del montaje de “Mi cuerpo es una celda”, una especie de autobiografía de Andrés Caicedo, dice que si Caicedo hubiese vivido en nuestra época no se habría matado —aunque tampoco lo puedo citar entre comillas porque no encuentro mi libro—: se habría salvado porque habría sido un freak de las redes sociales, un bloguero impenitente, un “solitario” que habría escrito tanto como escribió pero que, “de esa otra manera”, no se habría sentido tan solo como tuvo que sentirse en su época.

Internet, por supuesto, no sólo ha cambiado las maneras en que las familias se reúnen, los adolescentes se comunican, los amantes se aman y se abandonan…, sino también el modo en que los medios de comunicación informan. Los medios, como la sociedad en general, están atravesados por Internet: sabemos ya que en su paso del papel, la radio y la televisión a la red no aspiran simplemente a informar; ahora, valiéndose de las redes sociales por ejemplo, quieren conectar con sus audiencias. Hay quienes dicen además que las redes sociales son la nueva polis, que existe algo como la ciudadanía digital, pero ese punto ya lo discutimos bastante: por eso aquí pasaré de largo.

La pregunta parece demasiado simple: ¿por qué lo que habría salvado a Caicedo hace 40 años —¿la posibilidad de conectar?— está matando ahora al buen periodismo? Marta Ruiz argumenta, con buenas razones, que no lo están matando los cambios tecnológicos, ni la academia, ni los gobiernos ni la pereza de los periodistas. Al periodismo de la vieja guardia, dice, lo está matando el mercado. Pues sí, claro, la tecnología es instrumental para bien y para mal, y lo que los hombres hagamos con ella es otra cosa. Pero creo que esta verdad se devalúa si, como cualquier creyente, liberamos de responsabilidad a nuestro Dios por las cosas malas y le atribuimos y agradecemos las cosas buenas.

Quiero decir: a Barbero le creo cuando dice que internet ha cambiado nuestra manera de estar juntos y a Fuguet le creo cuando conjetura que también habría cambiado la manera de estar solo de Andrés Caicedo. A Marta Ruíz también le creo: el problema, ya sabemos, no es la tecnología sino el mercado: alguien quiere vendernos algo y “hará lo que sea necesario para conseguirlo”. Yo solo agregaría que además de tablets y cocacolas nos han vendido una ideología (con o sin partido político) si no es que una religión. Internet hoy es gregario, entusiasma y produce dinero como cualquier ideología, como cualquier religión, como cualquier marca. Quiero decir una obviedad: alguien se dio cuenta hace rato de que el cambio en nuestras maneras de estar juntos podía empacarse y venderse en píldoras. Y esto viene a cuento porque creo que esa misma ideología-negocio-religión ha permeado al periodismo de la vieja guardia hasta convertirlo en el posperiodismo del que hablaba Ómar Rincón en nuestra primera lectura del semestre.

Nota: también a principios de semestre escribí —¿agregué?—una “reflexión sobre el futuro del periodismo”. Creo que bien podría ser la segunda parte de esta entrada, ahora que estoy en la onda de las entradas con primera y segunda parte. Espérenla mañana, si es que Jimena no oprime antes el botón rojo que hemos temido durante la última semana y este blog desaparece con nuestra última oportunidad para completar las ocho entradas.

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